Desvelos  

Publicado por Momo

De Teresa Esmatges Dedéu
Cuento extraído del libro Café con letras
Editorial Hijos del Hule

Cuando llegué a casa no podía ni abrir la correspondencia. Abandoné las cartas en una estantería del comedor. La mayoría eran del banco, publicidad o felicitaciones navideñas, sólo había una de un tal Oswaldo Romero de Tejada que me tenía intrigada, pero las ganas de acostarme superaban mi curiosidad.

Bien entrada la noche, me despertó la luz intensa del farol del recibidor iluminando mi habitación, que daba justo enfrente. Estaba segura de haberla apagado, como cada noche. Me levanté bruscamente de la cama, las piernas me temblaban y el corazón palpitaba a ritmo de maratón. Dudé un instante si acostarme otra vez, taparme la cabeza y hacer como si nada hubiera ocurrido.

Para tranquilizarme pensé que Carlos, mi novio, había regresado con antelación de su viaje. Desde la habitación vociferé: ¡Carlos! ¡Carlos! Nada, silencio. Sólo se oía el zumbido de los filamentos de la bombilla. La cosa no pintaba nada bien. ¿Un extraño, un ladrón? Tropecé con la alfombrilla y di de bruces en el suelo.
...continuación
El golpe hizo que reaccionara y me puse en marcha inmediatamente. Primero sólo me asomé al pasillo, no se veía a nadie, comprobé que la linterna estaba en el estante del recibidor. Me hice con ella, la encendí e iba hablando mientras entraba en cada una de las habitaciones, inspeccionando debajo de las camas, dentro de los armarios o detrás de las puertas.

¿Hay alguien? ¿Quién eres? Sal, que yo también tengo miedo. No te voy a hacer nada.
Si quieres robar, te dejo. Si quieres dormir, también. Pero, por favor, quiero ver tu cara, no te voy a hacer daño ni llamaré a la poli. Haré como si nada, te ignoraré, sal de tu escondrijo y charlamos si quieres.

Al llegar a la cocina, ya no hablaba, sino que chillaba histéricamente:

¡Que necesito verte! ¡No aguanto más esta tortura! ¡Esto no tiene ninguna gracia! ¡Que salgas te he dicho!

Pasé por la galería, en los cristales apareció una luz circular y una sombra. Pegué un brinco hacia atrás y me caí al suelo, golpeándome de nuevo. La silueta había desaparecido. Entonces me di cuenta de que era yo la que se reflejaba en la ventana.

¡Y qué hago yo con una linterna en la mano! Si en casa hay luz, ¡qué estupidez!

Aturdida por los golpes y angustiada por la situación, empecé a dar las luces de toda la casa, no quedó interruptor sin accionar. Encendí la televisión, el aparato de música, la radio, incluso el extractor de la cocina y el árbol de navidad con sus bombillas de colores. De esta manera me sentía más segura, quería llenar de luz y sonido cada rincón de la casa para amortiguar mi miedo, pues ya sólo cabía la posibilidad de que se tratara de un efecto paranormal, espíritus o presencias.

Respiré profundamente e intenté analizar la situación. Lo achaqué al farol. Era la única pieza que había conservado de los antiguos propietarios. Me sedujo nada más entrar en el piso. Volví a la cama dejando toda la casa vigilante, a pleno rendimiento de consumo energético.

Me desperté a las ocho, después de un duermevela largo e inquieto, con la sensación de haber estado haciendo el ridículo toda la noche. Con la luz del día todo adquiría otra dimensión. Seguro que aquello tenía una explicación razonable. No tenía más que cerciorarme de que el interruptor estaba en condiciones y revisar que el farol no tuviera un cable flojo.

A la vuelta del trabajo lo desmonté, enrosqué fuerte la bombilla, la limpié de cadáveres de moscas y mosquitos y apreté los cables. La rosca estaba un poco floja, olía a chamusquina, debió de ser eso. En cuanto al interruptor, parecía del todo normal.

Esa noche me dormí en estado de alerta, preguntándome si se encendería o no.

A las tres de la mañana otra vez la luz, la misma, iluminando mi habitación. Me quedé en la cama, miré el reloj, oí la música del vecino de abajo y eso me tranquilizó. No la apagué y me dormí de nuevo.

Las noches que siguieron no fueron distintas, a la misma hora el farol se encendía, pero ya no me inquietaba. Tenía su independencia y yo la respetaba.

Carlos regresó y no me acordé de ponerle al corriente del suceso misterioso de cada noche. Nos acostamos tarde y a las tres de la mañana me despertó desaforado.

–¡Despierta Marta! ¿No has oído? ¡Puto vecino! Menudo portazo al entrar en casa. Ha retumbado el edificio entero, si hasta ha saltado el interruptor de la luz del recibidor.

–Ah, pues será por eso que el farol se enciende cada noche.

–¿Cómo? ¿Qué cada noche da estos portazos? ¿Y tú tan tranquila? Sé que trabaja en un bar de copas y llega tarde, pero siempre había sido considerado. Debe de andar muy desfasado últimamente.

–No sé si cada día cierra la puerta con tanto ímpetu, no oigo nada, lo que es seguro es que la luz se enciende cada noche a la misma hora. Pero, tranquilo, llegas a acostumbrarte.

–¡Y un cuerno! Si pasa otra vez, bajo y le suelto cuatro frescas. Voy a apagar el farol.

–No, eso no, Carlos, que no lograré dormir. Vete a la otra habitación, pero déjalo tal como está.

Temía el enfado de Carlos porque iría a increpar al vecino, cesarían los portazos y con ellos la luz que velaba mi sueño desde hacía varios días.

En las noches siguientes, Carlos dormía de un tirón, pero yo me despertaba cada noche a las tres de la madrugada con la mirada fija en la lámpara encendida del recibidor y volvía a conciliar el sueño plácidamente.

***

Días más tarde, revisando la correspondencia abandonada me encontré con que la última carta del montón era la de Oswaldo Romero de Tejada. Resultó ser el antiguo inquilino que me preguntaba si le podía devolver el farol del recibidor, pues, desde que no lo tenía en su nueva casa, no había podido pegar ojo.

This entry was posted on 2:06 and is filed under . You can leave a response and follow any responses to this entry through the Suscribirse a: Enviar comentarios (Atom) .

2 comentarios

No se lo devuelvas, ni de coña. Una vez acostumbrada, mejor que la pastillita para dormir.
Un beso

Pues sorprendente, la verdad, porque pensé que iba en otra dirección. Y el desenlace otorga un nuevo misterio al farolito! Además me gusta el hecho de que el lector olvida la famosa carta tanto como la protagonista. Lo prefiero al de "Simulos". Esperamos más.
Un abrazo