De Rodrigo Díaz Cortez
Ganador del Premio Vargas Llosa 2007 con la novela Tridente de plata
Cuento extraído del libro Café con letras
Editorial Hijos del Hule
En un momento lejano de mi vida, yo tomé pastillas para algo parecido a la locura. En aquella época mi madre, con sesenta y ocho años, se había vuelto a enamorar. El viejo tenía las orejas peludas y le gustaba darse palmadas en la barriga, para piropearla por lo bien que cocinaba. Desde que vi al Señor Simulos besarla apasionadamente en el sofá supe que era un embustero. Su mano entre las piernas y bajo la falda de mi vieja se colaba por mis ojos y revolvía mi cerebro. Yo lo tenía calado. Mi vieja, tan ilusa, le creía todas sus bobadas. Ella se encariñaba cada día un poco más y yo pensaba que el Señor Simulos la mimaba con sus falsas atenciones, porque su negocio no sólo dependía del reconocido doctor Ponce de León, sino también de mi vieja. De hecho, fue el doctor quien se la presentó en su casa durante una cena a la que sólo asistían personas de su edad. Este mismo médico medicaba el leve retraso que yo sufrí por aquel entonces. Él me trataba como a un deficiente mental y su diagnóstico decía que lo mío era grave. Continuación
Parece ser que el Señor Simulos había leído con bastante interés todo tipo de libros de medicina y literatura rusa. Así alimentaba su discurso y su maliciosa andanza por engañarnos a todos. No sé cómo contactó con el doctor Ponce de León, tampoco sé nada sobre la información de la que disponía para dar con el médico más bonachón e ingenuo de Madrid. Sólo recuerdo que un día mi madre me pidió que lo acompañara al periódico. El Señor Simulos tenía una información importante que debía ser publicada. Así que nos presentamos en la redacción de un periódico madrileño, subimos las escaleras y preguntamos por cierto periodista, otro viejo conocido del doctor con el que teníamos cita. Al cabo de un rato el Señor Simulos me pidió que tomara asiento, y se dirigió al periodista para sacar a relucir un repertorio sobre su vida que me dejó gratamente sorprendido. El periodista le preguntó por qué no escribía sobre su estancia en Rusia, aquello podía tener interés. El Señor Simulos le explicó que tenía mucho material acumulado, que entre otras cosas estaba haciendo un bosquejo de sus memorias porque pensaba publicarlas en un libro. El periodista me miró imaginando que yo era su hijo e insistió en el interés de aquella noticia. Dijo que podía concederle un espacio en su periódico para que fuera escribiendo reportajes. ¿Le parece bien? Magnífico, dijo el Señor Simulos dándose un par de palmadas en el estómago. Luego me abrazó con exagerada complicidad, casi como si fuésemos amigos, y no sé por qué tuve la impresión de que había algo extraño en el brillo de sus ojos.
Así fue como publicó los primeros reportajes de la serie titulada “Los españoles en Rusia”, que despertaron gran interés en los lectores. A los pocos días una emisora de radio de la capital lo contrató para que narrara otra serie de relatos que los oyentes escuchaban con atención, y en los que el Señor Simulos, con una fantasía y habilidad innegables, daba vida a un mundo que desconocía por completo, pero que le provocaba una admiración tan intensa como la que mi madre sentía hacia él. Para sus oídos y ojos la historia de su vida era una verdad cristalina como el agua. Lo malo fue que, en cierta ocasión, tropezó con un directivo de la emisora que de verdad había estado en Rusia y que tenía dudas respecto a ciertos hechos que delataban ignorancia. El hombre llamó a nuestra casa y pidió hablar con él, pero el Señor Simulos se había puesto malo del estómago, así que no atendió y ni siquiera le devolvió la llamada. Yo le apunté el nombre y el teléfono en un trozo de papel, pero el viejo simulador me dijo que ése era un codicioso, que sólo quería información gratuita para sumar puntos en el trabajo, y que no pensaba llamarlo. Cuando le pregunté si lo conocía me dijo que por supuesto, una vez lo había visto en la radio. Pero no habían entablado conversación alguna. Noté la molestia que aquello le provocaba. Se escabullía dándome la espalda. Apoyado en las almohadas que mi madre le traía, el Señor Simulos leyó el nombre y el número de teléfono en el papelito, y enseguida lo rompió, como si no quisiera dejar rastro de aquel intruso. Eso no me sorprendió en lo más mínimo, era normal que no quisiera hablar con una persona a la que no conocía de nada. Lo que sí me pareció extraño fue la súbita suspensión de sus colaboraciones tanto en el periódico como en la radio. Dijo que la rutina lo mataba por dentro, estaba harto de que le pagaran una miseria por su brillante pluma, prefería no tener dinero antes que seguir escribiendo para esos medios. Yo lo tenía calado y él lo sabía.
Un día mi madre se estaba empolvando las mejillas frente al espejo. Se miraba de perfil y ensayaba caras que pudieran agradarle al Señor Simulos. Yo creo que ella tenía miedo de pasar una vejez sola. La faja dentro del vestido le apretaba el abdomen, casi no podía respirar, pero no le importaba. Quería tener una silueta femenina, me dijo risueña como una colegiala. Ella jamás se había comportado así, a partir de entonces nuestra relación empeoró radicalmente. Mi vieja creía que yo estaba celoso y que quería destruir su romance con el Señor Simulos. Me lo dijo en la tercera discusión que tuvimos, a raíz de que ella había dejado la cartilla del banco en manos de su novio para que sacara dinero y le comprara un regalo al doctor Ponce de León. Yo la veía ajena a la realidad y a las manipulaciones del Señor Simulos. En cuanto el viejo cerró la puerta, ya enterado de cuánto nos había dejado mi difunto padre, yo no me pude contener y tuve un arranque. La agarré del brazo sacudiéndola para que despertara. Le advertí que ése era un hombre peligroso, que sólo quería quedarse con su dinero, pero mi vieja estaba tan enganchada que me dio un empujón y dijo que eran alucinaciones mías, propias de un enfermo celoso que había cuidado durante cuatro décadas. Luego le asustó mi reacción, y por eso salió a toda prisa en busca de mi medicación, la que me había recetado el doctor Ponce de León. Aquel día mi madre se planteó apartarme de su camino. La dosis de aquel medicamento fue aumentando en mi sangre. Pasó el tiempo y yo caí en una profunda depresión, mientras ellos estaban cada vez más gordos, cada vez más enamorados. Más tarde me repuse y me enteré que el Señor Simulos andaba convalidando su título. Quería ser reconocido como médico, especialista en Neurocirugía. Yo estudiaba cada uno de sus movimientos desde la ventana y de vez en cuando él levantaba la mano y me saludaba, como quien se sabe propietario de territorios ya ocupados. Le gustaba pasear por la calle con las manos entrelazadas en la espalda, como si estuviera pasando revista a su próximo objetivo. Ya había engatusado a una mujer sola, ahora debía dar paso al siguiente plan.
El doctor Ponce de León cumplía setenta años y sus familiares y amigos organizaron una velada magnífica. Aquella noche mi madre ya había firmado los documentos para internarme, y yo la encontré más bella que nunca. Sobre todo porque había dejado de usar esa horrible faja. En aquel momento yo no sabía nada de la liposucción en sus michelines, ni de la reducción de su papada. Se la veía realmente feliz y eso era lo que importaba. Recuerdo que el Señor Simulos apareció radiante con una carpeta bajo el brazo. Empezó a saludar con efusividad a todo el personal y a cada uno le dedicó una frase solemne. Tras mirar fijamente a mi madre para mantenerla hipnotizada, se acercó a mi silla con alegría. Yo quería huir para no tener que decirle lo que pensaba, pero el viejo me retuvo por el hombro y me dijo que haría todo lo posible para hacer feliz a mi madre. Yo estudié el brillo de sus ojos. Actuaba tan bien tratando de ganarse mi confianza que creí haberme equivocado. Mi madre adoraba los pelos que salían de sus orejas, con la yema del índice se los acariciaba, y le decía: ¡Mi koalín! ¡Mi koalín! Yo observé su cabeza gacha, y me disculpé diciéndole que todo a su tiempo. Me miró con el mismo cariño de aquel día en la redacción del periódico, pero ahora estaba frente a más gente y su actuación debía ser más espectacular. Yo trataría de aceptarlo. Creo que eso fue lo que le dije cuando me sirvió un vaso de cocacola y el sueño empezó a recaer sobre mis párpados. Luego agradeció mi actitud comprensiva, me dio un abrazo y puso un botón de rosa en el bolsillo de mi chaqueta. Todos se conmovieron al ver aquella escena de reconciliación. Enseguida abrazó a mi vieja, miró a la concurrencia y levantó la carpeta que mantenía firme en la mano. El doctor Ponce de León abrió esa carpeta. Adentro había una revista donde aparecía una fotografía suya. Era un periódico ruso. El doctor Ponce de León, con gesto pausado, la miró un momento. Y aunque nadie pudo descifrar lo que ponía al pie, todos los invitados estaban sorprendidos. El Señor Simulos nos contó que siendo un muchacho, durante la guerra civil, se había marchado con otros chicos de su misma edad hacia la hospitalaria ciudad de Moscú. Una expedición de refugiados como tantas otras en las que la ayuda era reconocida por unos y criticada por otros. Contados fueron los niños españoles que en Rusia pudieron librarse de la catástrofe. Entre esos afortunados estuvo el Señor Simulos. Éste, mostrando cierta añoranza por su patria lejana, continuó explicándonos que sólo fingiendo un encendido fervor por la causa comunista, o trabajando en espera de que se le presentara la ocasión de abandonar aquel frío país, pudo aguantar lejos tantos años. Yo había llamado al directivo de la emisora invitándolo a la fiesta; anhelaba que se presentase para comprobar si era verdad todo lo que decía el Señor Simulos. El periodista me aseguró que vendría para entrevistarlo, y yo no dejaba de mirar el reloj, impaciente por que llegase lo antes posible.
Entretanto cursó en Moscú la carrera de Medicina y obtuvo el doctorado con brillantes calificaciones, seguía el viejo. Después se había especializado en Neurocirugía. Con la aureola de su prestigio profesional se había incorporado al ejército soviético, donde le otorgaron el grado de oficial mayor para ser enviado al frente. Todo esto había ocurrido en el transcurso del penúltimo año de la 2ª guerra mundial. Estábamos todos embobados escuchándole. De vez en cuando yo miraba por la ventana para ver si venía el directivo del periódico, el único hombre que conocía bien el tema de Rusia. Según el Señor Simulos, el final de la contienda le sorprendió en Alemania, y un feliz día se fuga, y cruza de Berlín a la zona británica. Todavía le quedaba pasar por numerosos apuros para burlar el espionaje moscovita que trataba de localizar y detener a los traidores. Y por si fuera poco, él ni siquiera estaba seguro de que no le pondrían pegas para entrar en España. Cuando estuvieron a punto de detenerle en Alemania, se marchó a Suecia, donde, tras muchos avatares que nos detallaba con minuciosidad, consiguió trabajar como ayudante del doctor Hernert Olivecrone, el célebre cirujano sueco, que pronto se dio cuenta de la extraordinaria competencia y destreza de su nuevo colaborador hispano-ruso. Pero el Señor Simulos, que sólo pensaba en volver a pisar el suelo de su querida España; volver para olfatear los embutidos, para disfrutar del deleite de la paella a mediodía y del aroma del café por las tardes, dio los pasos pertinentes y, una vez convencido de que no le pondrían dificultades, abandonó Suecia y, por fin, un glorioso día, llega a España, y se ve caminando por las calles de Madrid buscando un periódico en donde poder contar su tremenda historia. Al alcanzar este punto del relato, el Señor Simulos apreció un gesto de admiración en todos y cada uno de los invitados. Algunos querían aplaudirle, entre ellos mi madre, incluso vitorearle por su hazaña, pero todos nos limitamos a elevar las copas y brindar por el triunfo de su aventura. Las sirvientas trajeron bandejas rebosantes de ensaladilla de gambas, canapés de salmón, huevos recubiertos con salsa, trozos de berenjenas gratinadas, y otras delicias que no alcancé a ver.
Mi vieja madre se limpiaba una lágrima con la esquina de su pañuelo mientras el Señor Simulos hundía la palma en su estómago, agradeciendo la excelente acogida. Era una magnífica persona, disfrazada de cretino. Cuando sonó el timbre de la casa, quise abrir la puerta, pero el doctor Ponce de León me apretó el hombro y me dijo que no me obsesionara, que con el tiempo aceptaría aquella relación. La presencia del periodista era mi única esperanza para desenmascararlo. Después vinieron más brindis y no sé por qué todo se dirigió en mi contra. Al menos es lo que percibí en las miradas. Luego el doctor Ponce de León le presentó al Señor Simulos a sus colegas madrileños, catedráticos y renombrados especialistas que lo trataron con vivo interés y simpatía, y con los que conversó, mezclando con el relato de su odisea, brillantes disertaciones sobre algo llamado talamotomía; quién sabe si eso también era producto de su imaginación. Además tenía otros temas que lo acreditaban como un virtuoso dentro de la difícil especialidad de la neurocirugía. En eso estaban todos cuando derramé el vaso que me había servido en su barriga. Los párpados me pesaban de sueño, las imágenes se me cruzaban, y supe que algo le había puesto a mi cocacola. Le di un empujón y lo llamé cerdo asqueroso. Quería verlo con los brazos y las piernas atados en su espalda, tendido sobre la bandeja de la carne y con una cebolla en la boca, bien condimentado antes de introducirlo en el horno. Pero mi madre gritó como si se hubiese apretado un dedo, desaforada, le pedía a la gente que me detuvieran, que me obligaran a tragar otra pastilla. El doctor Ponce de León se me acercó decidido a desempeñar su papel en esta obra. Mientras un par de catedráticos panzudos me sujetaban, el doctor me forzó a abrir la mandíbula e introdujo una pastilla en mi boca, ocasión que aproveché para soltarle tal mordisco que casi le arranco el dedo gordo. Después vino otro por detrás y sentí el pinchazo en la nalga. Eso era más fácil que taparme la nariz y obligarme a tragar. Meses después, cuando el Señor Simulos no dejó rastro de su presencia y nadie pudo dar con su paradero, mi madre vino a verme para reconciliarse. Mojó un pañuelo con agua de un botellín, y lo pasó por mi frente mirándome a los ojos, sin poder reconocer al hijo que había encerrado.
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