De Teresa Esmatges Dedéu
Cuento extraído del libro Café con letras
Editorial Hijos del Hule
Cuando llegué a casa no podía ni abrir la correspondencia. Abandoné las cartas en una estantería del comedor. La mayoría eran del banco, publicidad o felicitaciones navideñas, sólo había una de un tal Oswaldo Romero de Tejada que me tenía intrigada, pero las ganas de acostarme superaban mi curiosidad.
Bien entrada la noche, me despertó la luz intensa del farol del recibidor iluminando mi habitación, que daba justo enfrente. Estaba segura de haberla apagado, como cada noche. Me levanté bruscamente de la cama, las piernas me temblaban y el corazón palpitaba a ritmo de maratón. Dudé un instante si acostarme otra vez, taparme la cabeza y hacer como si nada hubiera ocurrido.
Para tranquilizarme pensé que Carlos, mi novio, había regresado con antelación de su viaje. Desde la habitación vociferé: ¡Carlos! ¡Carlos! Nada, silencio. Sólo se oía el zumbido de los filamentos de la bombilla. La cosa no pintaba nada bien. ¿Un extraño, un ladrón? Tropecé con la alfombrilla y di de bruces en el suelo.
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