De Rodrigo Díaz Cortez
Ganador del Premio Vargas Llosa 2007 con la novela Tridente de plata
Cuento extraído del libro Café con letras
Editorial Hijos del Hule
En un momento lejano de mi vida, yo tomé pastillas para algo parecido a la locura. En aquella época mi madre, con sesenta y ocho años, se había vuelto a enamorar. El viejo tenía las orejas peludas y le gustaba darse palmadas en la barriga, para piropearla por lo bien que cocinaba. Desde que vi al Señor Simulos besarla apasionadamente en el sofá supe que era un embustero. Su mano entre las piernas y bajo la falda de mi vieja se colaba por mis ojos y revolvía mi cerebro. Yo lo tenía calado. Mi vieja, tan ilusa, le creía todas sus bobadas. Ella se encariñaba cada día un poco más y yo pensaba que el Señor Simulos la mimaba con sus falsas atenciones, porque su negocio no sólo dependía del reconocido doctor Ponce de León, sino también de mi vieja. De hecho, fue el doctor quien se la presentó en su casa durante una cena a la que sólo asistían personas de su edad. Este mismo médico medicaba el leve retraso que yo sufrí por aquel entonces. Él me trataba como a un deficiente mental y su diagnóstico decía que lo mío era grave.
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